¡Bienvenido!

"Siente el océano de sombras, escucha las melodías del viento, y deja que el arrullo de las estrellas te envuelva con su manto de misterio."

sábado, 28 de enero de 2012

Profe!

Sólo bastó con escuchar su voz para hacerme sonreír. Estaba ocupada haciendo nada, dejando el fluir de la consciencia (o subconsciente) haciendo  lo que más le gusta, hablar, hilar historias que no vienen ni van de ningún lado a ningún lugar. La voz...
- ¿Tienes clase aquí?
- Sí. ¿Es usted el profe?
- ¿Qué materia es ésta? La electiva de inglés, ¿verdad?

- Sí...
- Sí, yo soy el profe...
Me mira y se ríe con picardía:  JaJa! No mentiras, me hubiera podido hacer pasar por el profe, pero no... la verdad es que me gusta hablar con todo el mundo, y estuve por hablarle al celador, pero te vi...


...
Es como una de esas revelaciones, en un sentido hasta gracioso. Que llega una persona que jamás en la vida habías visto, se sienta a tu lado, como si te conociera, y empieza a hablar. Es curioso, porque no suelo ser demasiado conversadora, pero con este muchacho se me dio fácil. Es una revelación, porque me hizo entrar en un estado retrospectivo, la que era hace dos años, cuando entré a la U, y la que soy ahora, o era esa mañana: amable, expresiva, elocuente... SIII!  ELOCUENTE!!!
El caso es que, me habló, y yo me pude olvidar de ese aturdidor fluir de mi consciencia, me pude olvidar de los sinsabores, del tinto que había quedado en la olleta, del huevo que no me comí porque era viernes, de las farras a las que no fui porque estaba deprimida, de los labios que no besé por miedo, de las cartas que no escribí y que se refundieron en algún lugar de mi olvidadiza memoria... de todo eso, y más.


Entonces, llegué al punto de pensar, en mi reflexión, que sólo basta estar en una gran necesidad de algo para hallarlo en el lugar y momento menos sospechado.Yo quería silencio, y lo encontré una mañana cuando un hombre desconocido me habló... sí, suena contradictorio, pero lo que yo quería era silenciar esa voz incómoda en mi cabeza. No fui yo, fue él, que me colaboró sin saberlo. Curiosamente, sólo pienso en él hasta ahora, que recordé ese bello caer de las notas, de las corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas que había en su carpeta. Es músico. No me enamoré, es sólo que alguien que no conocía me ha dado un valioso regalo hoy, a cambio de absolutamente nada: su tiempo y su sonrisa. Espero algún día retornar ese regalo, también sin saberlo, sin pensar en quién, en cómo o cuándo, sólo....

jueves, 12 de enero de 2012

NEFELINES


Me había vuelto muy callada, tal vez por el asunto de que he llegado a sentir una aversión visceral por las palabras dichas, por sus dobles (o múltiples) sentidos, y la ambivalencia que les atañe, por su simple existencia. Me la pasaba en la biblioteca, leyendo de cuando en cuando algún libro de poesía española, Bécquer, siempre ha sido mi preferido. Pero no son palabras dichas, son escritas, y yo soy libre de interpretarlas, en la cúspide de todos mis silencios, privados, obsoletos y nunca vistos por nadie. Otras veces me hallaba, solo escribiendo, cuando la inspiración era suficiente, y los dolores del alma hacían fila india para colarse entre letras.

Escribir es como... una orgía de sabores y aromas, que desgarra a jirones todo lo que hay en mí, no precisamente en mi interior, sino mas bien en el exterior; mi carne, mi piel que encubre estremecidos músculos, todo aquello, vehículo del espíritu, si algo así existe (en mí).

Nadie me observaba, éramos los libros y yo, en perfecta armonía, aunque a veces me sentía rodeada de rostros desconocidos. Había un hombre de unos treinta y pico, piel blanca y cabello oscuro, que siempre se sentaba los viernes, en el mismo sitio, en la misma sala que yo frecuentaba. De cuando en vez, cruzábamos una mirada. A cierta distancia prudente, pero la suficiente para identificar ese oscuro color de sus ojos, casi negro, y clavaba sus pupilas en las mías, como queriendo saber algo... algo más de mí. Me parecía misterioso, y debo confesar que, sentía algo de temor por esa mirada penetrante. Pero algo había en él que me atrajo demasiado. Nos mirábamos.

Uno de esos viernes, lo recuerdo particularmente porque, llegué a la sala de lectura, y él estaba allí. Cuando se percató de mi presencia, me miró, hizo ademán de pronunciar una palabra, pero no pudo, así que se puso de pie, dio unos pasos en mi dirección, y yo me quedé inamovible en mi silla, esperando que manifestara algo desde sus labios. Cuando estuvo a dos pasos de distancia, se detuvo, me miró, estiró el largo brazo, y en su mano tenía una hoja cuidadosamente doblada. Me la entregó. Se quedó unos segundos a mi lado, pero yo no podía musitar palabra. Tomé la hoja, la miré, lo miré luego a él, se dio vuelta hacia su puesto para recoger sus cosas, y se fue.

Me quedé pensando si abrir o botar el papel. Hasta que una fuerza involuntaria me forzó a abrirlo. Tenía escrito en letra muy bonita "Alberto - 320 394 05 67... Estaré pendiente". Mi corazón estaba a mil. Arrugué la hojita, con fuerza, en mi mano derecha, y la dejé sobre la mesa. Es otro de esos imbéciles que esperan pacientes que uno dé el primer paso. Si quiere, que me hable él. No puede ser, además, que yo venga a la biblioteca, intentando escapar de ese mundo banal, que hasta aquí viene por mí, persiguiéndome en cada rincón.

Pasaron dos semanas y no volví a ver a Alberto. Supuse que estaba sentado en un sillón de su casa, fumando un cigarro, con la luz apagada y esperando mi llamada. ¡JA! No podría llegar a tal grado de idiotez.

El último viernes que puedo recordar, de aquellos lóbregos días, es el más extraño de todos. Saliendo de la biblioteca, a la hora que cerraban, porque el celador me tuvo que sacar, vi a Alberto en la esquina, comprando algo al señor de los dulces. Me hice la idiota y crucé la calle, para no tener que pasar a su lado. En el preciso instante en que pasé al otro lado, él me miró, y yo me hice la que no me di cuenta. Seguí caminando, de hecho me tocaba caminar unas 12 cuadras para conseguir transporte.

Eran las 8pm, y las calles estaban muy solas por ese sector. Hacía mucho frío, y tapé mi rostro con la bufanda, las manos entre los guantes. Sentía una incomodidad terrible, como si algo estuviera por ocurrir, inevitablemente. A las dos cuadras empecé con el delirio de persecución. Cuando volteé a mirar, me di cuenta que no era delirio. Él venía a tan solo unos pasos de distancia. Me detuve en seco. Me alcanzó, y se me puso en frente. No sé cuánto tiempo nos miramos, pero yo estaba temblorosa y con mucho miedo. Hasta que me habló.
-       Hola. Perdona la intromisión, que te siga, pero… estaba esperando que llamaras y decidí venir a buscarte. Lo siento si te asusté, no tengo malas intenciones…
-       Descuida… no pensé en llamarte, la verdad no suelo hablar mucho por teléfono, ni en persona… pero ya que insistes, acompáñame a la parada del bus.
-       Está bien.

Hablamos de su vida, de mi vida, y en segunda impresión, no me pareció alguien con malas intenciones. Insistió en acompañarme hasta mi casa. Hablamos todo el camino, y eso es algo raro en mí, que hable, con alguien que acabo de conocer, pero ya era hora de dar término a mi huraño silencio. Él me pareció interesante, me habló de filosofía, de literatura, de sociedad… temas que me llegaron. Tuvimos una conversación interesante, hasta nos reímos.

Llegamos a uno de esos callejones oscuros, por donde hay que pasar, obligatoriamente, para llegar a mi casa desde la parada del bus, y me tensioné bastante. Apresuré el paso. De la otra esquina salieron dos tipos, muy grandes, Alberto y yo nos quedamos quietos, petrificados de miedo. Los sujetos se acercaban rápidamente a nosotros. Tardé unos segundos antes de comprender la situación, pero lo supe, supe que el peligro era inminente. De inmediato saqué de mi cartera el paraguas. Cuando los tipos estuvieron a dos metros, nos pusimos a la defensiva, pero era demasiado tarde.

Uno de ellos, el más alto, traía las manos en los bolsillos, como despreocupado. El otro, el más corpulento, sacó de la parte trasera de sus pantalones, un arma de fuego, que al verla, me paralizó de terror. Mi paraguas calló, sin más remedio, a mis pies, igual que la cartera. El más alto se encargó de Alberto, medía como 1.90cm. Lo empujó, apartándolo de mí, y sin decir nada, lo aprisionó contra la pared, amenazándolo con un enorme cuchillo que sacó de algún lugar, sin darme cuenta. –Si se mueve lo mato papito, así que estese bien quietico y sin joder, porque ella lleva mal… pilas-
Mientras tanto, el gordo se quedó viéndome, examinándome de arriba abajo, detenidamente. – Qué dulzura me encuentro, no sé qué puede hacer una niña tan linda a esta hora y en este lugar- Y tomándome fuerte de los brazos, me tiró al suelo, con cuidado de no lastimarme demasiado. Caí boca arriba. El piso estaba frío, pero seco, no había llovido en los últimos dos días, por fortuna. El terror pronto se convirtió en una emoción extravagante, y comencé a sentirme demasiado acalorada. El tipo me acarició el rostro, como si fuera su muñeca, y luego metió su mano regordeta por debajo de la blusa, tocando mis senos por debajo de la ropa interior. No distinguía muy bien sus facciones porque estaba oscuro, pero pude ver muy bien sus ojos verdes oscuros, y las pupilas dilatadas. Su aliento a nicotina, nunca lo podré olvidar. Yo no podía ni gritar, no pude decir nada.

En un momento volteé a mirar hacia Alberto, mientras el grandulón lo molía a golpes contra la pared. Sentí lástima, pero pensé que lo merecía de algún modo, por no ser capaz de protegerme. En ese preciso instante, el gordo bajó como con desespero mi pantalón, hasta la altura de los tobillos. Primero restregó todo su cuerpo contra el mío, dándome asquerosos besos, y pude sentir como se le ponía duro, en mi vientre. No opuse mayor resistencia, por miedo a que me lastimara demasiado. Me porté bien, así como les gusta.

La penetración fue de lo más brusca y violenta. Recuerdo el peor dolor de toda mi vida, además porque lo tenía bien grande. Se lo sacó y sin dudarlo lo fue metiendo, después de abrirme las piernas a las malas. Una lágrima rodó por mi mejilla, pero eso fue todo. No le di el gusto de gritar de dolor, ni un solo gemido, nada. Me sostuvo todo el tiempo de los brazos, mientras se deleitaba en mis entrañas. Mi silencio fue el más sepulcral de toda mi vida, y eso parecía no incomodarle. Me haló del cabello cuando estuvo a punto de acabar, y sin decir más detalles, se vino adentro de mí, convulsionado de mórbido placer. Mientras, yo simplemente veía sus enormes pupilas negras, y callaba todo lo que mi alma exclamaba a gritos, muy dentro de mí. Perdí la cuenta de los segundos, sólo sé que pareció una eternidad, muy amarga.

Luego, cuando todo concluyó, los dos asquerosos se retiraron, a plena carcajada y sudorosos por el esfuerzo de cada uno. Yo me quedé tirada en el suelo, sin mover ni un dedo, hasta que Alberto, como pudo, molido del dolor, se me acercó y me ayudó a levantar.

Él, lloraba mares, en su angustioso dolor. Me miraba como pidiendo perdón, por algo que nunca me hizo. Pobre. Vino conmigo a casa. Me abrazó toda la noche, y mis brazos yacían en el vacío, ingrávidos. Una voz interna me dijo: das por hecho que te conoce porque vio tu sonrisa, y sabe tu nombre. Pero solo conoce tu cara amable. Lo peor de ti yace inmóvil, tras tu mirada y tus labios cerrados.

Ver cómo las madreselvas se devoran todo cuanto vive, y va muriendo. Dolores insondables se apoderan de las noches, y justo antes de la tenue aurora, el corazón descansa en plácido sueño, a veces turbado por la más dulce pesadilla, la de clavarle un cuchillo repetidas veces en el rostro, hasta que no queda nada más que ver, sólo sangre y trozos de inescrupulosa humanidad. Desollando demonios, ultrajando súcubos en mi lamentable oscuridad.

Tiempo después nos vimos. Manteníamos una complicidad difícil de conseguir, hablábamos seguido por teléfono, y el día que nos encontramos, fuimos hasta mi casa. Tomamos una copa de vino, y se quedó toda la noche conmigo, despierto, cuidando de mi vigilia. Me miraba con calidez, como quien conoce tus peores secretos, y aún así, daría la vida por ti.
Es como si él hubiese tenido que encontrarme, para cuidar de mi dolor, para acompañarme por el valle de sombras al cual, quizá, siempre estuve destinada.  

-Alberto, por favor, no te vayas…-


Natalia Duque D.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Ha pasado tanto (o tan poco) tiempo, que ya no sé de medidas. Me siento en el banco de cemento, y la vida pasa ante mis ojos. Poco a poco la niebla me devora, me asfixia en su marea. No hay nadie, sólo escucho un ave oscura volar a lo lejos, se aproxima. El ave se ha sentado a mi lado. Ya era hora de espantarme, en medio de este sinsentido, de esta cortedad del sentimiento ambiguo que me cobija, que me atrapa en su cuerpo. Ese sentimiento de dejar volar lo que yace dentro, sólo porque no me pertenece, y nunca lo hará.

Es que, me sobreviene el pensamiento de que ese amor es en sí libre, si no, no se podría llamar amor. Pero también, me atormenta cortar el nexo con mi interior, desde donde suele nacer, cuando quiere. Ya no depende de mí, es libre, y yo le di alas para que volara, no para que se quedara toda la vida en frente mío, viéndome a la cara, con los ojos aguados, o con la cabeza agachada, de pena y angustia.

Pero creo que la vida es eso; no tener, no amansar esperanzas, no aferrar ilusiones de arena, y nunca perder la cordura, así estés sentado en un banco de cemento, con un ave oscura a tu lado, revelándote todo lo que nunca imaginaste como real, en un mundo de falsos y sinsentidos. De nuevo puedo respirar, el sol de la mañana ha despejado mi camino, y la niebla retornará... no por ahora.

Natalia Duque.

martes, 27 de diciembre de 2011

ÉL (el original)

Me fumo un cigarro, de los que no tienen filtro, ni mezclas raras de alquitrán con otros venenos. Mis labios aprisionan suavemente, aspiro, siento cómo se llenan mis pulmones, y una leve picazón en la tráquea. Dos, tres, cuatro, y ya no puedo seguir aspirando. Comienza mi día, sin mayor novedad. El árbol que está afuera de mi ventana, se ve más verde que otros días, y caen algunas hojas, planeando con gracia hasta mi ventana.


Quedó en venir esta tarde. Después de arreglar el desorden, tomo un baño de agua caliente que me relaja, aún más. Mi tranquilidad en la ducha se ve interrumpida por una llamada. Seguro es él.
-¡Mamá!... sí claro, nos vemos el fin de semana y te llevo el saco que me prestaste... no, no te preocupes, estaré bien, gracias... ok, te amo... adiós. -



Ya seca, me quedo desnuda un rato, escuchando música y acariciando al gato. Me gusta la conexión que tengo con mi gato, es tan dulce y tranquilo, casi como yo, siempre enrolla su cola entre mis piernas, y me mira con ojitos aguados para que lo mime, hasta que lo consigue, en la mayoría de ocasiones. Pelo gris, ojos verdes, pupilas cósmicas. Lo amo.  


Me habré quedado dormida en el sofá, cuando una llamada me despierta. Ahora si es él.
- Ok, te espero a las 5. Bye.-  Me termino de arreglar, unos jeans gastados, esqueleto negro, y los tennis de siempre, azul aguamarina y fucsia. Son las 5 en punto, y miro la puerta, esperando que en cualquier momento golpee. Pasan los minutos, el humo sale de mis fosas nasales. Una nube densa cubre ya la sala de estar. Me sumerjo lentamente en mi nube, sin lluvia. Cuando abro los ojos, me encuentro en medio de una oscuridad sepulcral, con el gato en mis piernas. Son las 9 pm. Y nunca llamó, ni vino, ni escribió. Debió pasarle algo. Entro en angustia, tengo un mal presentimiento, de esos que maceran los sesos hasta doler mucho. Camino por el apartamento, hasta que me decido a llamarlo, pero no contesta. Me pongo un abrigo, y salgo a buscar un taxi. Hace frío afuera y mis manos tiemblan.



!Que piense lo que quiera¡  El desespero me atormenta, pero sí !Que piense lo que quiera¡
Cuando llego a su casa, está todo en silencio. Toco la puerta. Me abre, es él. Tiene un semblante como de tristeza, de enfermedad física, y del alma.

-Me quedé esperándote, he estado muy preocupada ¿Por qué no fuiste, ni llamaste ni...?- 
-Lo siento, es que...  mejor sigue y te cuento-


Entramos, y me senté en una de las sillas del comedor. Me sirvió café y se sentó junto a mí.
-Tengo algo que decirte- A sus palabras las siguió un silencio sepulcral. Me quedé mirando fijamente hacia el corredor que conducía a su habitación, desde mi puesto, inmóvil, pero no miraba al vacío, sino a la dama que venía "levitando" hacia nosotros, envuelta en mi levantadora blanca. Y en ese instante comprendí todo.

Cerré los ojos, respiré profundo, y desde ahí se me borró la película... hasta hoy, que recordé todo.


En la cocina , en el lavaplatos, había un cuchillo enorme, que vi al quitarle la vista de encima a la bella dama. Era una lástima, pensar en tanta belleza, desperdiciada. Me paré rápidamente, y él tan sólo me podía mirar, con la taza de café en su mano, y la otra empuñada, tal vez de nervios. Ella se quedó inmóvil, con cara de estupefacción, cuando me vio levantarme en dirección al lavaplatos. Cuchillo en mano, qué cara bonita, cuerpo delgado, mediana estatura, un poco inferior a la mía, 1.65 tal vez. El filo de acero inoxidable resplandeciente. Él sentado, ella de pie, yo caminando rápidamente. Un paso, dos pasos, tres pasos... ella da reversa un paso, dos pasos. Yo sigo, cuatro pasos, cinco pasos...


Mi mano derecha se ha sabido incrustar en el medio de sus divinas tetas, con algo de dificultad, por la poca fuerza. Una puñalada; el cuchillo resbalando hacia dentro en un corte impecable, salpicando de su sangre mi levantadora, y un poco mi cara. Embadurnando mi mano. El cuchillo resbala hacia fuera con destreza. Dos puñaladas; el cuchillo penetra su abdomen, más suavemente que el tórax, y sale más sangre, mucha sangre, arruinando mi levantadora. Tres puñaladas; ella sigue inmóvil en frente mío. La abrazo a mi cuerpo, y mueve sus brazos temblorosos, en un gesto ridículo de impotencia. ¡Agítalos, imbécil, a ver si así te salvas! El cuchillo entra por su espalda en el costado derecho, cerca de su riñón... chorros incontenibles de sangre.
Con los ojos bien abiertos, se lleva las manos a las heridas y me mira a los ojos. 


Todo ha pasado tan rápido que, para cuando él me ha alcanzado, ya es demasiado tarde. Con sus brazos se abalanza sobre mí, sin poder hacer nada, porque YO, yo tengo el cuchillo. Ella cae al suelo, y se acurruca... sólo puedo pensar en mi levantadora. Le hago el quite, y cuando alcanza mi brazo izquierdo... ¡Cuatro puñaladas!; el cuchillo se ha ensartado en su cuello, en alguna arteria importante. Intenta decir algo que no comprendo, la mira a ella, me mira a mí, y cae al suelo de rodillas.


Era tarde en la noche, y estaba muy oscuro. Mi apartamento no quedaba muy lejos de allí. Me preparé un cigarro antes de salir de ahí, y me fui tranquilamente, fumando todo el camino, a pie. Necesitaba aire fresco y nocturno. Mis labios aprisionan suavemente, aspiro, siento cómo se llenan mis pulmones, y una leve picazón en la tráquea. Dos, tres, cuatro, y ya no puedo seguir aspirando. Termina mi día, sin mayor novedad. El árbol que está afuera de mi ventana, se ve más oscuro y deshojado que otras noches, y siguen cayendo las hojas, planeando con gracia hasta el pavimento bajo mis cansados pies. El gato me mira desde la ventana, dulce y tranquilo, como yo.




Natalia Duque.

lunes, 26 de diciembre de 2011

BAD DREAMS III

Historia de Liz Santacruz. Redacción de Natalia Duque.

Estoy muy cansada, no sé por qué. Bueno, lo sospecho en realidad. Me dejé seducir por sus encantos masculinos, esa sonrisa perfecta, ese abdomen cuadriculado, su cabello oscuro, sus ojos profundos, oscuros también. Olvidé lo que es tiempo, las dimensiones del espacio, sólo los dos entre sábanas de seda, en medio de un arrebato ardiente de lujuria. Ese “camino de la felicidad” en su abdomen, que conducen a… bueno, es obvio, a la auténtica felicidad, ¡Me enloquece! Es perfecto, aunque la humedad del sudor en todo mi cuerpo empieza a incomodarme. Tomaré un baño. 

Las luces de la mañana escasamente se ven a través de las cortinas. Es un cuarto de hotel, más bonito que los que visité antes. Son cortinas finas, y el techo tiene una decoración en drywall muy bonita. Apenas abro los ojos e intento aclararme la vista, me estiro, y me saco la pereza. Estoy completamente desnuda, y siento un leve frío en todo mi cuerpo, refrescante. 

Me incorporo con desgano, quisiera quedarme aquí toda la vida. Cuando aclaro mi vista, voy a levantarme, pero… Una sensación de asco y terror invade mi pensamiento, y mi cuerpo se contorsiona en gesto nauseabundo. El charco de sangre en el piso tiene al menos cinco centímetros de profundidad. No puedo, no puedo levantarme. Me quedo sentada en la cama, miro en todas las direcciones tratando de examinar con desespero la situación. Miro hacia el baño y veo la escena, tal vez, más espantosa de mi vida: Un pie, intestinos y tripas, dos brazos… un horror asquiento, vomitivo, invade todo mi ser. Sudo de nervios, frío, y no sé qué hacer, si moverme, gritar… ¡Ayuda! ¡Ayuda! -¡Despierta! ¡Cómo puede ser que sigas durmiendo! ¡Despierta!-.

No puedo comprender nada, no entiendo, esto parece una pintura abstracta, incomprensible. Las paredes exhalan hierro, y todo a mi alrededor grita, dando vueltas sobre mí. Me quedo inmóvil, no sé por cuánto tiempo, hasta que logro despertar de mi letargo inconsciente.

Él no voltea, yace inmóvil, en su perfección escultural. Frío y tranquilo. -¡DESPIERTA!- Lo muevo con desespero, con miedo de llegar a aturdirlo por el estado sereno en el que se encuentra, pero… 

Él, no despertará, nunca más. Su serenidad es por siempre, eterna.

Caminantes


Camina suave junto a mí
que el bullicio de tus pasos no despierte las memorias
que arrullan los brazos de Morfeo.


Camina lento a mi lado
que no escuchemos las hojas quebrar
bajo tus pies, paso tras paso.


Toma mi mano, mi brazo
y guíame en tu sendero, sin ruta
por las líneas de nuestras palmas, juntas.


Riza mi pelo, el viento
mientras caminamos por el valle
de nuestras aguas calmadas.


Camina junto a mi
en silente camino.

Natalia Duque.



Cerrar los ojos (otros ojos)

Segunda parte por Nikolai Ortiz. 




Persecuciones, masacres, muerte, abismos, perros negros con ojos rojos, y ese tipo de cosas, era lo que siempre me aguardaba a la hora de ir a dormir. Hasta que un día, saliendo de la casa de un amigo, entré a la tienda de la esquina a comprar un jugo y rendirme nuevamente a la tentación del tabaco en un cigarro, quizás barato, para irme luego a casa a dormir. Me topé con esta niña algo extraña, quien me tocó el hombro para indicarme que me le adelanté en la fila para pagar en la caja. Tenía esa piel tan suave y esa sonrisa tierna que me recordó, de alguna forma, la extraña inocencia que no veía hace tiempo en esta gris y pasada por agua ciudad. No pude evitar sonreírle y dejar que pasara primero, invitándola con un gesto amable que luego me provocaría algo de vergüenza al recordar.

Me dirigí a una estación a esperar que me llevara junto a mis sueños y ese recuerdo a mi casa. Al llegar encendí el cigarro y destapé el jugo, el humo me sumergió en una niebla gris que lentamente me envolvió en un sopor enorme. Apagué el cigarro en donde pude y me dejé caer en el sueño de esa noche sin haber terminado el jugo, que se derramó en el suelo líquido de mis sueños.

Allí estaba en esa calle gris una vez más, bajo esa extraña lluvia, el frío me hacía tiritar y solo podía caminar sin un destino. En lo lejos pude divisar ese prado que se perdía en unas hermosas colinas de distintos colores. Me sentí atrapado en un cuadro de Monet mientras corría en busca de esa hermosa visión, y la vi en ella, la chica distante de esa tienda creando ese paisaje, tan hermosa y, no sé porqué pero grité – Verónica, ¡Verónica! – al cruzar el límite de mi ciudad gris y su fresco prado, mi cuerpo estaba seco lleno de un calor abrigador, mi ropa era blanca y fresca, me acerqué a ella –Verónica, por fin –


Me desperté esa mañana con ese sueño envolviendo mi mente, me arreglé tan rápido como pude y marché de prisa al lugar donde la había visto. Tomé de nuevo el bus para que me llevara, a mí y a mis deseos; me bajé en la parada, respiré profundo, me senté un instante, cerré los ojos y al abrirlos allí estaba ella, le sonreí de nuevo  -Te estaba esperando. He esperado por ti mucho tiempo, Verónica –.



Algún impulso nos llevo de vuelta a mi apartamento. La vi sentarse en el sofá con cierta timidez pero también llena de una curiosidad increíble. Tomé un viejo disco con la sonata Claro de luna de Beethoven, esa pieza me llena de sentimientos y me transporta a esa ciudad gris de mis sueños, quería que también me llevara al prado donde soñé con ella. Me senté a su lado y acaricié su suave rostro la miré a sus hermosos ojos y le dije -No sé cuándo es demasiado pronto para amar- Me respondió -Tal vez nunca es demasiado pronto-.